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jueves, 4 de octubre de 2007

Etanol, aberración que afecta al planeta: Semarnat

No es sustentable dejar de alimentar personas, afirma.

Se avanza hacia los biocombustibles de segunda generación

por: Mariana Norandi

El biocombustible fabricado a partir de maíz es una “aberración” y es tan ineficiente que no contribuye a combatir el cambio climático, afirmó el subsecretario de Planeación y Política Ambiental de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat), Fernando Tudela.

Al impartir una conferencia en El Colegio de México (Colmex) sobre La estrategia nacional de cambio climático, el experto explicó que para generar etanol de maíz se requiere invertir más combustible fósil que el que se obtiene del grano. “No resultaría sustentable para México dejar de nutrir personas para alimentar vehículos”, por lo que hay que buscar otros cultivos, como la caña de azúcar o la jatrofa, para la producción de biocombustibles.

Agregó que la meta de México es avanzar lo más rápido posible hacia la producción de biocombustibles de segunda generación, más sustentables, como por ejemplo los de origen celulósico, es decir, los obtenidos de productos forestales no comestibles. “Si lo hacemos bien, vamos a poder sacar un beneficio climático, ambiental y económico sin comprometer la sustentabilidad, la biodiversidad y el alimento de los mexicanos”.

Agregó que esta visión es unánime e intersecretarial, y si bien se pueden hacer experimentos con etanol de grano o construir plantas demostrativas, en absoluto las políticas mexicanas ven al energético de maíz como la “panacea”, sino como pequeñas exploraciones que ayudan a comprender la tecnología.

El funcionario explicó que ni a nivel local ni global “nos ha caído el veinte” de lo que significa la magnitud del problema del cambio climático y señaló que, debido a que hemos salido de los rangos de temperatura de los pasados 600 mil años, la especie humana se está transformando y la Tierra está cambiando en “lo que podría ser otro planeta”.

Subrayó que el cambio climático al ser un problema global requiere una respuesta también global y, por ello, la solución exige involucrar a todos los países del mundo, independientemente de la cantidad de gases de efecto invernadero (GEI) que emita cada uno. Si bien una reunión entre Estados Unidos y China –países que emiten casi 50 por ciento de los GEI de todo el mundo– ayudaría a solucionar la mitad del problema, estas naciones en los años recientes han empezado a tomar medidas para mitigar sus emisiones y a incluir el aspecto ético en sus discursos institucionales y negociaciones.

En esta idea de unificar esfuerzos globales para combatir el cambio climático, dijo que las políticas de mitigación y adaptación de los países en vías de desarrollo, como México, son muy importantes, ya que la atmósfera no entiende de protocolos internacionales ni de fronteras.

Cambio climático en la meseta tibetana

por: Alejandro Nadal

El cambio climático en la meseta tibetana está perturbando los ecosistemas del altiplano más grande del mundo. Las rutas tradicionales de las comunidades nómadas entre campos de pastoreo de altura y los de valles bajos han tenido que modificarse. Pero lo más importante es que los glaciares de la meseta se están encogiendo. En esas masas de hielo nacen los siete ríos más importantes de Asia. Al oriente, Yangtzé, Huang-ho, Irrawady y Mekong; al poniente, Indo, y al sur, Bramaputra y Ganges.

La meseta tibetana se formó hace unos 55 millones de años por la colisión de las placas tectónicas indoaustraliana y euroasiática. Está formada por la cordillera del Himalaya en el sur y los grandes desiertos de Asia central en el norte. Mantiene en promedio unos 4 mil 500 metros de altitud y es una zona que afecta y ha condicionado el clima del planeta.

Este altiplano genera un dosel de precipitación en la parte norte de India durante el monzón porque los vientos del sur, cargados de humedad, al chocar con las colinas de la cordillera descargan las lluvias que dan vida a la agricultura y aumentan el caudal de los ríos. Pero una vez alcanzada la meseta, los vientos ya están más secos y la precipitación es escasa. Las praderas del sur de la meseta apenas pueden servir para que las comunidades nómadas encuentren pastizales para sus rebaños de yaks (Bos grunniens), pero conforme se avanza hacia el norte, el territorio se hace más árido. El origen del desierto de Gobi, entre otros, se encuentra en esta dinámica en Tibet.

El retroceso de los glaciares tibetanos se está desarrollando a gran velocidad. Se calcula que los principales están retrocediendo de 10 a 15 metros cada año. A ese ritmo, para 2100 habrán desaparecido los glaciares más importantes. Pero mucho antes, alrededor de 2050, los ríos de Asia que dependen de los glaciares tibetanos, comenzarán a experimentar cambios dramáticos al caer su nivel.

La desaparición de los glaciares tibetanos (que se estima cubren una superficie de decenas de miles de kilómetros cuadrados) se acompañará de un muy marcado proceso de desertificación de toda la meseta. De hecho, los grandes lagos que antes había en el altiplano también se han ido secando a ritmo acelerado. Eso está cambiando la forma de vida de las comunidades nómadas de la meseta. Los campos tradicionales de pastoreo están cada vez más secos, los animales pierden peso y los rebaños son cada vez más difíciles de mantener.

Sin embargo, lo más dramático no está en los cambios de los ecosistemas de la meseta. Lo importante de todo esto es que esos ríos afectan la vida de varios cientos de millones de personas en India, Pakistán, China y el sudeste asiático. El Yangtzé es la principal fuente de agua para unos 300 millones de chinos. El Bramaputra, el Indo y el Ganges son vitales para otros 200 millones de habitantes de India y Pakistán. Y en cuanto al Irrawady y el Mekong, son la clave de la agricultura y la vida de las poblaciones de la convulsionada Myanmar (Birmania), Tailandia y Vietnam.

Algunos científicos esperaban que los cambios en el patrón de precipitación pudieran revertir la caída en el nivel de, por lo menos, algunos ríos. Sin embargo, la evidencia de los últimos 20 años no parece justificar esta idea. Como ejemplo, varias investigaciones sobre el nivel medio del Yangtzé muestran que el río ha experimentado un declive importante en las últimas dos décadas. Como resultado, este año muchas de las ciudades ribereñas han experimentado una crisis en sus sistemas de aprovisionamiento de agua que dependen del caudal del río.

La disminución de glaciares, la desertificación en el noroeste y la declinación de sus ríos deben ser una señal para Pekín. Sin embargo, la voracidad energética del capitalismo chino parece no tener límites: en años recientes la producción de carbón se ha duplicado (hasta rebasar los mil 200 millones de toneladas anuales) y actualmente se construyen unas 500 plantas termoeléctricas que utilizarán carbón para sus generadores.

En 2006 China rebasó a Estados Unidos y se convirtió en el primer emisor de gases invernadero. Las plantas de su sector energético (69 por ciento de su energía primaria proviene del carbón), aunadas a las de cemento (44 por ciento de la producción mundial) son las principales fuentes de bióxido de carbono en China. Pero hay una diferencia: las emisiones anuales por habitante en ese país apenas alcanzan 3.5 toneladas de CO2 equivalente, mientras en Estados Unidos superan las 20 toneladas. Esta asimetría es uno de los contenciosos más importantes que impide un acuerdo sobre cambio climático. De todos modos, con las tasas de crecimiento de emisiones actuales, para cuando los intereses económicos del mundo se pongan de acuerdo, la suerte de la meseta tibetana ya estará decidida y las repercusiones globales serán inmensas.

viernes, 14 de septiembre de 2007

Fósiles revelan impacto de gases de efecto invernadero en el clima

La mayor presencia de dióxido de carbono indica altas temperaturas, señala estudio.

Estiman que el agujero de la capa de ozono este año será menor que el registrado en 2006

Reuters y Afp

Chicago, 13 de septiembre. La composición química de los antiguos fósiles marinos llevó a un grupo de investigadores a descubrir nueva evidencia respecto de que los gases de efecto invernadero, como el dióxido de carbono, tienen un gran impacto sobre el clima.

Investigadores estadunidenses y canadienses utilizaron un nuevo método de estudio de los fósiles marinos para aprender sobre las temperaturas de hace millones de años, convirtiendo a una antigua concha marina o pieza de coral en un termómetro.

“Toda la información necesaria para estudiar la temperatura de la superficie en el momento en que el animal vivió está almacenada en el fósil mismo”, formuló Rosemarie Came, del Instituto Tecnológico de California, cuyo estudio está publicado en la revista Nature.

El nuevo método depende de un estudio de raros grupos de isótopos de oxígeno y carbono –partículas cargadas– que se enlazan unas con otras. Este vínculo varía dependiendo de la temperatura de superficie: se forman más a bajas temperaturas, y menos a temperaturas más elevadas.

Conociendo la edad de un fósil marino y midiendo la concentración de estos isótopos, los científicos pueden determinar la temperatura del agua marina en la que vivieron.

Termómetro marino

“La concha marina es un termómetro”, dijo John Eiler, profesor de geoquímica del Instituto Tecnológico de California, quien trabajó en el estudio.

Eiler agregó que los investigadores estudiaron la concentración de estos isótopos, que están conformados por átomos de oxígeno-18 y carbono-13.

“Medimos cuántos están adheridos unos a otros en vez de dispersos al azar. Eso nos muestra el crecimiento de la temperatura de dicho fósil”, aseveró John Eiler en una entrevista telefónica.

El método difiere del actual enfoque que involucra un estudio del contenido tanto de carbono como de oxígeno del fósil, y el conocimiento sobre la química de la antigua agua de mar.

Usando este nuevo método, los investigadores estudiaron el aumento de temperaturas de fósiles de dos periodos antiguos para ver si los cambios en el dióxido de carbono atmosférico están realmente vinculados a la variación de temperatura, un factor importante para entender el cambio climático.

Los científicos estudiaron fósiles del periodo Silúrico, de aproximadamente 400 millones de años de antigüedad, durante el cual se cree que los niveles de dióxido de carbono eran 10 veces más elevados que en el presente.

Los investigadores compararon estos datos con los hallazgos de temperatura de fósiles del periodo Carbonífero, de hace aproximadamente 300 millones de años, durante el cual se piensa que las concentraciones atmosféricas de dióxido de carbono fueron parecidas a los niveles actuales.

Ligera reducción en el agujero en la capa de ozono

Por otra parte, en Ginebra, Suiza, se dio a conocer que el agujero en la capa de ozono sobre la Antártica debería mantenerse este año ligeramente inferior, aunque cercano, a su récord de 2006, consideró el miércoles un experto de la Organización Meteorológica Mundial (OMM).

El agujero en la estratosfera (a entre 15 y 25 km de altitud) cubre ya unos 23 millones de kilómetros cuadrados, pero en general no alcanza su nivel máximo antes del 20 o 25 de septiembre, declaró Geir Braathen, especialista de la OMM, agencia de la ONU.

El año pasado el agujero había cubierto una superficie máxima récord de 29.5 km2, durante un periodo excepcionalmente largo de unos cuatro meses.

El agujero, favorecido por el frío durante el invierno austral, aparece generalmente a principios de agosto y se reabsorbe entre mediados de noviembre y mediados de diciembre.

“Este año, la temperatura en el estratosfera es un poco menos fría que en 2006. Por tanto, es posible que el agujero sea un poco más pequeño”, pronosticó Braathen, antes de la celebración, el domingo, del Día Internacional de la Capa de Ozono.

El ozono, una molécula surgida del oxígeno, permite filtrar los efectos nocivos de los rayos ultravioleta del Sol que dañan la vegetación y pueden provocar cáncer de piel.

La capa de ozono que protege a la Tierra está deteriorada por la producción y la utilización de productos químicos, particularmente el cloro y los clorofluoruros de carbono (CFC, gas utilizado en los aerosoles y los refrigeradores).

El Tratado de Montreal decidió, el 16 de septiembre de 1987, la restricción del uso de los CFC.